Lo que se suponía que iba a ser "el futuro" ha ido adquiriendo en los últimos años tintes cada vez más preocupantes. Las grandes compañías tecnológicas son casi sinónimo de El Mal, y no faltan buenos argumentos para la desconfianza: la pérdida de privacidad, la evasión de impuestos, los oscuros intereses políticos, y el asalto a lo que se consideraba un baluarte por excelencia del ciudadano medio: el trabajo.

No es que reducir las horas de trabajo, o la implantación de una renta mínima universal, no parezcan buenas ideas. Más bien, lo que sucede es que en el actual estado de cosas, si hemos de fiarnos de lo que dicen ciertos medios, no parecen alternativas maduras, o siquiera factibles. Y mientras tanto, la robotización y los algoritmos se introducen cada vez en más áreas de actividad. Esa amenaza constante puede hacer que nos replanteemos la opinión que teníamos de ciertos servicios.

Por ejemplo, si antes una máquina de autocobro en un comercio nos parecía una buena manera de evitar una engorrosa cola, ahora quizá nos parezca una manera de despersonalizar la atención al cliente; si antes un cajero automático nos parecía una manera útil de gestionar nuestras cuentas, ahora quizá nos parezca una excusa desvergonzada de los bancos para seguir aumentando sus márgenes de beneficios; y etcétera. Puede que lo mismo se pueda decir de las máquinas de autopréstamo de las bibliotecas públicas. O al menos eso aplica a quien esto escribe.

Y es que las máquinas, como en los ejemplos de la tienda y el banco, no sólo suponen despersonalización y recorte de trabajadores, sino que además imponen unas notables barreras hacia aquellos colectivos más débiles de la sociedad, de forma muy notable el de la tercera edad.

Por supuesto, no creo que podamos decir que la intención de las máquinas de autopréstamo es imponer barreras a nadie, o despedir a bibliotecarios. Pero lo cierto es que la tendencia social está ahí, y en ella la mera presencia de la máquina juega un papel fundamental: sin su existencia, está claro que ni siquiera estaríamos hablando de esas problemáticas.

No deja de sorprender, por tanto, que las nuevas implantaciones de sistemas de autopréstamo en bibliotecas se presenten a veces con un absurdo lenguaje triunfalista: las máquinas ahorrarán tiempo al usuario, o le harán ganar en autonomía, o permitirán la creación de servicios bibliotecarios más personalizados, y etcétera.

Quienes hemos trabajado durante un tiempo en centros con máquinas de autopréstamo quizá tengamos razones para la duda. Las máquinas no sólo no reducen el trabajo, sino que tienden a aumentarlo, y no sólo por la natural curva de aprendizaje en el uso por la que han de pasar los usuarios, sino porque, como digo, notables capas de usuarios que utilizan los servicios públicos no tienen ni las habilidades, ni el tiempo ni el interés para aprender a usarlas.

Por supuesto, también se ha de contar aquí con las inevitables incidencias y problemas de funcionamiento de las máquinas, aunque podríamos decir que lo esperable es que las tecnologías mejoren y los problemas se solventen. Ello nos dejaría todavía con dos cuestiones.

La primera es el absurdo de suponer que la presencia de máquinas redundará en servicios más personalizados, como si ello fuera una conclusión lógica. Pues dependerá, como todo, del centro, del interés de los usuarios en esos servicios, del interés o habilidad de los propios bibliotecarios y, muy importante, de las plantillas de personal de cada biblioteca: no se puede esperar ofrecer más y mejores servicios si no se hace la inversión correspondiente en la renovación de plantillas y en la formación de los trabajadores.

No es que ese aumento de plantillas haya de darse siempre y necesariamente en todo caso de presencia de máquinas de autopréstamo. Seguro que hay bibliotecas que ya funcionan a medio gas por el mismo interés reducido del público al que se dirigen. En esos casos, la cuestión pasa a ser otra: motivar y formar a los bibliotecarios para que piensen en ofrecer otros servicios más allá de pasar la pistola en el mostrador de préstamo. Una tarea nada fácil por las relaciones entre equipos de trabajo y responsables municipales que seguro existen en no pocos municipios.

Por último, en mi opinión hay un tema más amplio a considerar en la implantación de nuevos equipos de autopréstamo, una cuestión de sensibilidad social podríamos decir. Y es que como ya ha quedado comentado, la preocupación y en ocasiones la indignación social ante la presencia de máquinas está muy latente y más que justificada. Una institución que por naturaleza se dirige a todo el mundo, y a todas las necesidades, debería mostrarse más sensible ante las preocupaciones y las realidades de su público.

En resumen, la cuestión no está en criticar las máquinas de autopréstamo con argumentos luditas, sino en repensar qué clase de argumentos se están ofreciendo para continuar con su implantación en unos momentos en que la preocupación social por la automatización está más que justificada, y en el contexto de una institución que se dirige a todos y todas sin distinciones ni discriminaciones.

*Este texto se publicó originariamente en el blog Biblioteconomía de Guerrilla.



Para darse de baja de IWETEL haga clic AQUI