Parafraseando la frase de Nietzsche, hay un fantasma que recorre las
bibliotecas públicas, y su nombre es «bajo número de préstamos». Me refiero
a esa fracción de la colección (más o menos sustanciosa, según el caso) que
o bien no ha salido nunca en préstamo o hace mucho que no sale.

¿Qué deberíamos hacer con ella?

Digo «deberíamos» porque lo que tendríamos que hacer en principio está
claro: espurgarla, eliminarla. Esto es así porque la mayoría de sistemas
bibliotecarios cuentan (o deberían contar) con directrices para el
mantenimiento y el espurgo de la colección, que aseguren el crecimiento
cero de la misma y su mejor aprovechamiento.

Además, hay otro argumento de peso: la biblioteca pública es una
institución que también ha de dar cuenta de la calidad de la gestión y de
cómo se invierten y se aprovechan los recursos que se le destinan.

Sumemos a lo anterior que en teoría la biblioteca pública ha de dar
repuesta a las necesidades de sus usuarios: la falta de uso de una fracción
de la colección puede ser tomada como un indicativo de que esa fracción no
interesa (por los motivos que sea) a los usuarios a los que se supone que
ha de servir.

La cuestión, pues, debería estar clara: hay que deshacerse de esa colección
que no sale en préstamo.

Entonces, ¿por qué podemos encontrarnos con reticencias a tomar ese camino?

Confieso que como usuario y como bibliotecario no es una perspectiva que me
entusiasme. Prefiero bibliotecas cuanto más surtidas mejor, pero eso no
niega la verdad de lo dicho hasta ahora.

Supongo que una fuente de resistencia proviene del hecho de que cuesta
mucho tiempo y esfuerzo crear una colección sólida, y en esa empresa se
invierte la ilusión y el saber hacer de muchos bibliotecarios. Pero eso
tampoco niega la verdad de los argumentos para deshacerse de una colección
que parece no interesar al usuario final.

Otra fuente de resistencia es contraponer la tarea diaria del bibliotecario
a los fríos números e indicadores: estos últimos son un blanco ideal para
ser caricaturizados como el producto de burócratas que sólo trabajan para
mayor gloria de «la Administración», y no «para la gente». No es que yo sea
amigo de los fríos indicadores, pero tampoco veo que eso niegue la
evidencia: si con la falta de uso los usuarios nos dan a entender que lo
que les ofrecemos no les interesa, ¿hemos de seguir perseverando en esa
dirección?

Hay otros dos argumentos que creo que son de más calado que los anteriores.

El primero viene a decir que las bibliotecas no son un gasto, sino una
inversión, y que en todo caso más se gasta en otras cuestiones inútiles (y
aquí el lector puede traer a colación su ejemplo favorito de gasto
exorbitante e inútil por parte de su político odiado favorito). Creo que es
un buen argumento, pero una vez más creo que no es definitivo: repitamos
que la misma naturaleza de la biblioteca pública y de sus funciones lleva a
replantear que algo ha de hacerse con esa colección que no demuestra
satisfacer las necesidades de los usuarios y sus intereses (sean esos los
que sean). Y ello es independiente de que las autoridades de turno
derrochen más o menos el dinero público en otros menesteres.

El segundo es que una biblioteca pública no es una librería. Con
independencia de que el público se lleve en préstamo o no ciertos
documentos, se puede argumentar que éstos han de seguir formando parte del
fondo: quizá por su calidad o relevancia, o quizá por el alcance universal
de los fondos bibliotecarios. Eso no quita que la colección necesite ser
evaluada y espurgarda periódicamente, y el número de préstamos seguirá
siendo un indicador para ello. Pero el argumento da cierto margen para la
negociación.

Al margen de todo lo dicho, creo que hay un aspecto de la cuestión de suele
tratarse poco y que en realidad es de lo más relevante: ¿sorprende que haya
documentos que no salgan nunca en préstamo si no se les ofrece
visibilidad?; ¿sorprende que haya secciones infrautilizadas si no se las
difunde?; ¿sorprende que los usuarios no utilicen ciertas secciones si ni
siquiera saben que existen, o si a los mismos bibliotecarios no les
importan y las desconocen?; ¿sorprende que no sientan el mínimo interés si
no se piensa en ofrecer actividades de extensión cultural, proyectos y
demás?

Nada de lo anterior garantiza que los documentos salgan en préstamo, en
particular si hablamos de ciertos formatos (como el CD, que tiene todos los
visos de acabar desapareciendo de las bibliotecas). Pero aparte de las
novelas del momento, el préstamo suele necesitar un trabajo continuado de
visibilización de los documentos, de recomendación, de plantear nuevas y
mejores formas de exhibir lo que se tiene.

No juega nada a favor de esas necesidades el hecho de que el perfil laboral
del bibliotecario se haya ido escorando cada vez más a funciones diferentes
a las «tradicionales», para acabar siendo un batiburrillo entre trabajador
social, auxiliar administrativo y técnico informático.

Si se quiere de verdad que la colección física tenga más éxito y
posibilidades de perdurar, hay que implicar más al personal bibliotecario,
hay que pensar más en la cuestión y hay que apostar por un perfil orientado
a la recomendación y al trabajo cultural. Piensen si no en cómo las
librerías tienen muy claro el concepto: es casi impensable una librería
moderna que no lo juegue todo a exponer y visibilizar su razón de ser de
todas las maneras a su alcance.

Insisto que esa actitud más proactiva no garantiza nada, porque las
tendencias globales en el consumo cultural escapan a nuestro control. Y
tampoco es que esa actitud esté ausente en todos los bibliotecarios: seguro
que muchos la han interiorizado y forma parte de su día a día. Pero parece
conveniente cuando menos no bajar la guardia y trabajar para generalizarla
cuanto más mejor.


*Esta entrada se publicó originariamente en el blog Biblioteconomía de
guerrilla

(
https://biblioteconomiadeguerrilla.wordpress.com/2022/09/12/que-deberiamos-hacer-con-la-coleccion-que-no-sale-en-prestamo/
)