A nadie se le escapa que la biblioteca pública es un lugar que parece estar en una posición privilegiada para ayudar al público a encontrar nuevas lecturas, ya sea en aquellos géneros de su preferencia o descubriéndole nuevos puertos de entrada a las letras. La cuestión pasa entonces por clarificar cómo hacerlo. Es decir, ¿qué papel habrían de tener los bibliotecarios a la hora de recomendar lecturas al público? 

De eso es de lo que nos hablan Jośe Antonio Gómez Hernández y Tomás Saorin en un artículo publicado en The Conversation, Qué leer: la compleja tarea de los mediadores públicos para recomendar lecturas . Es un buen texto, y en líneas generales me parece acertado, aunque tengo algunas dudas sobre ciertas afirmaciones (explícitas o implícitas). 

Avanzo que no soy un experto en el tema de la mediación lectora, como puedan serlo otros nombres acreditados que suelen aparecer en este tipo de debates. Mi opinión, pues, no puede ser sino parcial y sesgada. Pero como en este blog la lectura y la recomendación lectora es un tema recurrente, y como bibliotecario interesado en el fenómeno, creo conveniente dejar aquí unas notas rápidas al respecto.

Gómez y Saorín apuntan en sus párrafos a la necesidad de una recomendación más cercana, huyendo de los algoritmos impersonales y apostando por el tú a tú, dada la naturaleza “social” de la lectura. “Al recomendar qué leer se está transfiriendo capital social y se está contribuyendo a socializar la lectura.” A juzgar por la literatura científica al respecto, el concepto de “capital social” es de los más espinosos, insatisfactorios, pobremente conceptualizados y polémicos de las ciencias sociales, así que cada vez que lo encuentro en un artículo relacionado con las bibliotecas no puedo sino torcer el gesto. De todas maneras, se entiende la intención de fondo de los autores: nadie vive en una burbuja y por tanto se puede considerar sin problemas que la lectura es una actividad social. 

En cuanto a los algoritmos y demás recomendaciones impersonales, los autores consideran que pueden producir un “efecto burbuja” en lo que leemos: es decir, que pueden limitarnos a títulos ya parecidos a los que hemos leído. ¿Por qué sería eso un problema? Porque, como los autores escriben unos párrafos más abajo citando a la experta Gemma Lluch:

todos estamos leyendo lo mismo, aplastados por una poderosa red de lanzamientos editoriales globales, homogéneos y previsibles, dentro de una burbuja que se traslada a librerías, expositores, redes, plataformas y ¿bibliotecas?

Teniendo en cuenta lo anterior, escriben los autores:

Creemos que la función de mediación pública en la lectura va más allá de convertir las bibliotecas en un escaparate de distribución de novedades editoriales de acceso gratuito, en papel o digital. Hemos oído a menudo lemas ingenuos sobre el préstamo de dispositivos de lectura en los que caben más de mil libros, eludiendo la pregunta clave: ¿cómo encontramos algo que leer que nos aporte sentido o una experiencia singular?

Las campañas y actividades de promoción de la lectura nos parecen buenas, pero no suficientes. Como señala Joaquín Rodríguez en La furia de la lectura, la lectura “es necesaria para el desarrollo de diversas facultades intelectuales, pero radicalmente insuficiente para determinar de qué manera se utilizan esas facultades”. A juicio de este experto, no basta con “promocionar” sino que debemos intentar intervenir con prácticas más significativas, desde “la reflexión, la revalorización, la transformación y la construcción de nuevos sentidos, idearios y prácticas lectoras”.

Lo que subyace en párrafos como los anteriores, a mi juicio, es el deseo de afianzar la biblioteca pública en un lugar de relevancia en la sociedad contemporánea. No es que su lugar no sea de relevancia, pero como no deja de repetirse con insistencia que los cambios en la sociedad y en el consumo cultural están siendo grandes y acelerados, parece de buen juicio actuar con decisión para no quedarse atrás.

¿Y qué parecen pedir, entre otras cosas, los nuevos tiempos?: pues compromiso social. 

Es en esa estela en la que creo que han de entenderse esos llamados a contrarrestar los abusos del mercado, y a poner en marcha prácticas “más significativas” de lectura. Pero hay aquí interesantes paradojas.

Estoy de acuerdo en que la función de la biblioteca pública va mucho más allá de ser un escaparate de novedades, pero lo que debemos preguntarnos es por qué una institución con los valores de la biblioteca pública debería ir más allá de la promoción e “intervenir con prácticas más significativas”.

Como todos sabemos, casi por definición la biblioteca pública busca satisfacer las necesidades de sus usuarios. Así pues, si sus necesidades incluyen el consumo de los productos más mayoritarios del mercado, esos que todo el mundo está leyendo, en detrimento de otro tipo de opciones, ¿qué problema debería haber con ello? ¿Por qué insistir en la búsqueda de esas otras prácticas “más significativas”? ¿No se considera que el bibliotecario es un mediador que no juzga lo que debe o no debe leer su público?

La misma idea de “prácticas más significativas” es cuestionable. Los autores mencionan la obra La furia de la lectura de Joaquín Rodríguez, que por pura casualidad he estado leyendo estos días. Aun cuando estoy de acuerdo en la idea de fondo que recorre el libro, no me ha parecido convincente en su intento de desacralizar ciertas concepciones de la lectura para sustituirlas por otro tipo de prácticas. Sin querer entrar aquí a hacer ningún análisis del libro, creo que algunos supuestos del autor son discutibles, incluso contradictorios, y sufre de apoyarse en demasía en la concepción relativista del aprendizaje y del conocimiento de Paulo Freire (problemática en sí mismo). 

Ya que los autores mencionan a Gemma Lluch, haré un inciso en referencia a una obra de la autora que viene a cuento de lo que estamos tratando. Lo que sigue ya lo traté en otr lugar, así que aquí sólo haré un resumen de lo más relevante.

En una obra de hace unos años titulada La lectura: entre el paper i les pantalles, Lluch dedica unos párrafos a los prejuicios con los que se juzga a ciertas lecturas, tanto en el pasado como en el presente. Son unos párrafos contundentes, y con razón, porque es cierto que históricamente se han denigrado ciertas formas de ocio, ciertos tipos de lectura, practicadas por los sectores de la sociedad que en su momento eran caracterizados como  “inferiores”. Lluch menciona el caso de las lecturas de mujeres o adolescentes, que incluso hoy día son denigradas con términos peyorativos como “lectura kleenex”.

Lo interesante del caso viene unas páginas después. Lluch critica duramente a Walt Disney por, según ella, pervertir los cuentos tradicionales (sustituyendo las versiones tradicionales en la mente de niños, docentes y escritores por sus propias versiones) e imbuirlos de una “ideología patriarcal, machista y conservadora”. Escribe Lluch al respecto de ese cambio:

Si entendemos que leer una historia de la tradición oral es conocer cómo los pueblos han intentado explicar su mundo, el éxito de las versiones de Walt Disney es un fracaso para nosotros. Porque para un niño valenciano o catalán o balear la Cinderella [Cenicienta] de Disney es mucho más cercana que “La mestra i el manyà”, de Enric Valor, “La Cendrosa” de Joan Amades o “N’Estel d’Or” de mossèn A. M. Alcover. (p. 103)

Detengámonos ahora y preguntémonos: si criticar el consumo cultural de ciertos grupos, como las mujeres, los menores y los jóvenes, está mal y es muestra de chovinismo cultural, ¿qué problema hay en que la gente prefiera las versiones adulteradas y pervertidas de Disney a las obras originales de la tradición? ¿No deberíamos aceptar también ese hecho, como una preferencia lícita y perfectamente respetable?

Siempre podríamos decir que lo que el público parece querer no es sino el resultado de un gran proceso de imposición, casi de adoctrinamiento y de lavado de cerebro, producto de las fuerzas del mercado y de corporaciones menesterosas. Quizá sea así. Pero para justificar esa posibilidad, lo que es relevante es el punto de vista, la ideología o las creencias de quien así lo asegura, y por qué lo asegura, o por qué deberíamos tener por válidas sus críticas. No obstante, todo ello suele quedar opacado por el discurso mismo, de modo que a pesar de las loas al pensamiento crítico que todos solemos prodigar, pocas veces parece que ciertos presupuestos queden disponibles para ejercer el pensamiento crítico sobre ellos. Quizá es que los creamos porque nos parecen plausibles, o estemos de acuerdo, y ya está.

En resumen, en ocasiones pareciera que el afán de encontrar un nuevo lugar, o una nueva justificación para la mediación lectora (y por extensión, una nueva justificación para la biblioteca pública) nos lleva a buscar teorías, argumentos o postulados que son discutibles. No es que sean necesariamente falsos, o que no se pueda aprender de ellos, o que no puedan aportar algo valioso a la discusión. Es sólo que creo que se produce un efecto acumulativo: los problemas que arrastra cada discurso se añaden  hasta dejarnos con una madeja de paradojas y contradicciones de difícil digestión. 



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